Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | Tomo la palabra
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Tomo la palabra

Héctor Rincón

Tomo la palabra

Así que, atraído por el torbellino de análisis huecos y de vanaglorias heridas y de los augurios negros que le han caído, decidí que tengo algo por decir sobre un programa radial al que le dediqué tiempo y credibilidad y me devolvió la satisfacción impagable de haberlo conocido a fondo y de haber disfrutado de muchas tardes de trabajo contento.

         Sobre La Luciérnaga tomo la palabra. Nunca antes en la historia de la radiodifusión que recuerdo, una novedad había ocasionado lo que ahora. Hablo de los últimos cuarenta años. La salida abrupta de Yamid Amat de la dirección de 6am, fue un trámite silencioso comparado con este alboroto. La decisión de RCN de competir por las mañanas al arrancar de Caracol a Juan Gossaín, algo imperceptible. Y los movimientos, con ruidos de registradora, de Julio Sánchez entre las dos grandes cadenas radiales, meras habladurías si se contrasta con el retiro de Hernán Peláez que ha destapado maledicencias y ha desnudado inquinas.

         No es una desproporción. La algarabía es el pago de La Luciérnaga a su ingreso al mundo de los mitos y el costo que tiene la salida de quien, como Hernán Peláez, construyó su propia estatua durante medio siglo con materiales que la gente ha distinguido: independencia con credos muy parecidos a los del común (pugnacidad contra el poder y ridiculización de los poderosos), expresado con un lenguaje preciso, elemental podría decir, desprovisto de frases subordinadas, de puntos y coma y de palabras que superaran el diccionario del taxista silvestre.

         Por esa cercanía con la audiencia, para miles el retiro de Peláez de La Luciérnaga fue un despojo. Se iba el doctor. No un doctor llamado así por untuosidades lagartas, sino un doctor hecho por la vía de la credibilidad y del cariño. Se iba el doctor y por primera vez en la historia de la radiodifusión que recuerdo, estaban ahí las benditas-malditas, las pérfidas y alevosas Redes como no estaban en aquellos otros momentos de los cambios que ya dije.

         A través del entramado invisible por el que se expresan incluso lucideces (además de insensateces, ordinarieces, ridiculeces y todo lo demás), a través de esa Red se declararon tristezas por la decisión de Peláez. Y se dictaron sentencias de muerte al esquema que llegaba. A la cita han acudido, cómo no, columnistas respetables, opinadores espontáneos y mensajeros de razones y atacantes injuriosos. Todos ellos con su estilo y con sus intenciones: uno —Daniel Coronell– se dio a la higiénica tarea de desnudar a periodistas de pipiripao y de uñas largas, que han intentado vender sus retiros de medios como perseguidos políticos. Otro —Andrés Hurtado— anunció su deserción del rebaño de oyentes al lamentar que los cambios de La Luciérnaga se hubieran llevado la cabeza de Gustavo Alvarez Gardeazábal. Y algunos, varios algunos, sirvieron de portavoces de la amargura del novelista de Tuluá quien mandó a decir que sin sus brillantes aportes el programa iría al fracaso porque él, Gardeazábal, Gardis, Gardi, aportaba la mayoría de notas, especialmente aquellas por cuya confidencialidad se había ganado el reconocimiento de todos sus compatriotas como el colombiano mejor informado y más consultado… Y etcétera y etcétera.

         Entre los muchos etcéteras (que sus almuerzos para levantar información le costaban mucho más que lo que le pagaba Caracol y blá-blá-blá) Gardis optó por presentar su salida como una persecución política y arrojar agua sucia al retiro de Peláez: que se trataba también de un retiro inducido, promovido desde el Palacio Presidencial. Trató así de sembrar confusión entre la decisión sin atenuantes de sacarlo a él del programa, con el retiro ceremonial de Hernán Peláez que se había anunciado cuatro meses antes y que se había convertido en una manifestación de afecto de parte de los medios, de las infatigables Redes y de los oyentes mismos.

         A pocos logró sorprender la reacción de Gardis. A mí, al menos, me pareció congruente con la idea que el tulueño tiene de él mismo. Pocos conozco que posean ese desparpajo para venderse como centro del mundo. Todo lo que pasa tiene que ver con él y por eso él ya lo sabía: la insurrección en Yemen, la había pronosticado; la cárcel a un concejal de Fundación, la había anunciado; ¿la crisis en la junta de Ecopetrol?, la hizo pública hace 23 días y la pregunta que le iban a hacer a la Miss Universo también la había imaginado. Todo. Y con su lengua afilada transmitía conjeturas o refritos de noticias que estaban en tercer plano en periódicos de fuera de Bogotá o comunicados de prensa a los que les daba tono confidencial. Un mago.

         Fui parte del grupo de La Luciérnaga y nada más que eso. Quiero decir que mi subordinación a las decisiones del director era irrestricta. Porque, además, quienes han trabajado con Hernán Peláez saben que actúa sin buscar consensos ni pedir permisos. Sin embargo —y a pesar de saber de su inutilidad— en dos ocasiones expresé ante Hernán mi opinión sobre las inquinas malsanas o exaltaciones gratuitas que se hacían en el programa, todo ello con el disfraz de la irreverencia cuando en el fondo nada más había que irresponsabilidad. Lo dije. Lo digo.

         Y si lo repito ahora es por pertinente y porque, al hacer pública a través de la Red mi aprobación a la columna de Daniel Coronell, recibí las previsibles puñaladas de por qué no me había pronunciado cuando estaba dentro del programa y algunos, incluso, me preguntaron si mi retiro de La Luciérnaga obedecía a la que se me había hecho insoportable oír tres horas diarias —¡y con audífonos!— el ego de Gardis. No. No era para tanto. Mi retiro obedeció a la sensación de tarea cumplida y a aceptar el llamamiento que me hacía la vida hacia otra clase de periodismo y hacia una cantera de delicias que me debía.

         Entre las delicias que saboreo ahora es la de no ser oyente de lo que, por obligación, era antes. A La Luciérnaga llego complacido pero de manera eventual y por eso oí que en las manos de Peláez el programa ya había sufrido cambios. Sutiles. Menos que eso: imperceptibles, pero cambios en su esencia que produjeron una reducción de la velocidad casi vertiginosa que le caracterizó. Ubico esa contrariedad a su filosofía cuando se dio el retiro intempestivo de Gabriel de las Casas, quien entre muchos papeles desempeñaba el de ser el rascador de pulgas o peluquero de la capul de los personajes que eran (son) imitados en el programa.

         De las Casas, después de la intervención de un imitado, era el único que hablaba con esa ficción. Le picaba la lengua. Y se ganaba madrazos que casi siempre eran el broche de oro redondo de la intervención, diga usted, de Vargas Lleras. Ido Gabriel y atraídos por cierto afán de protagonismo, en La Luciérnaga “los de la mesa” empezaron a entrevistar a los personajes imitados como si fueran reales. Se rompió allí el eje que separaba la realidad de la ficción, con al menos dos resultados, uno de ellos bochornoso: que los imitadores reciben preguntas que no saben cómo contestar. Y el otro efecto de ese fin de la fórmula que era la realidad y la fantasía, es que las preguntas hacen languidecer la imitación porque se alarga innecesariamente y el programa se ralentiza. Oigo yo.

         Y oigo también que en La Luciérnaga abundan ahora más que antes los chistes pendejos y los comentarios que a cada noticia le hacen de colofón los periodistas. Todos parecen sentirse obligados a dejar expreso su punto de vista como si importara. A lo de los chistes desabridos no hay remedio infalible porque son ya una institución degustada por los oyentes. Y también he oído que Pedro González –el más animado y el más disoluto de los humoristas– se ha inventado la rueda suelta del chiste actuado que no acaba nunca que no acaba nunca y que no acaba nunca, pero que en el largo mientras tanto llena el aire de la bulla de todos los actores y varias veces solo bulla se oye.

         Todo eso sigue, más el talento de los humoristas legendarios y de los nuevos que se encargan de hacer de La Luciérnaga un programa siempre igual y siempre distinto; y súmenle a ello el hilo que el libretista Chaparro le tiene cogido a  la actualidad y al lenguaje de los colombianos medios y agréguele a todo ello la poderosa marca de Caracol. Eso es lo que ha encontrado Gustavo Gómez al asumir la dirección y conducción de este ícono radial. Todo eso que arrastra desde hace 22 años sintonía satisfecha e influencia pública, es el fruto de esa manera de ser radial de Hernán Peláez: destreza, sobriedad, velocidad, una trinidad de la que siempre se ha hablado, pero hay dos virtudes más: Una, Hernán siempre va para adelante. El “avance, hombre, avance” es su manera de verbalizar el reloj adelantado que le hace tic-tac en la cabeza. Y la restante es una dosis actoral que en él, en Peláez, consiste en hacerse el sorprendido con la noticia que le están dando: se vuelve oyente y no pisa con anticipos la información que está recibiendo.

         Reemplazar todo eso es una tarea imposible. Pierden el tiempo si buscan un reemplazo a Peláez, dije a El Tiempo en aquellos días en que Peláez anunció su me voy. Y agregué que La Luciérnaga no debería buscar un remplazo sino un director y es lo que, estoy seguro, se encontró en Gustavo Gómez. Oigo en redondo y no encuentro a ninguno como él en la industria radial. Tiene la edad precisa para asumir ese mando u otro. Y la imaginación y el lenguaje y una trayectoria sin oscuridades, por todo lo cual le han atacado con esa saña que les produce el éxito porque en Colombia estamos y es cierto aquel aforismo de Cochise en el cual la envidia derrota al cáncer.

         Contra Gustavo Gómez por su ascenso a La Luciérnaga han arremetido con estupideces como aquella de acusarlo perseguidor de maricas; con acusaciones de ser amigo de fuentes informativas y hasta con encuestas peregrinas como la que hizo un portal que el mismo día de su debut preguntó si preferían a Peláez o si Gustavo había gustado.

         Ahora que juego con palabras, creo que Gustavo Gómez cae en esta tentación. Y sucumbe. No deja pasar ocasión para entrar en ese juego y esa reiteración, como cualquier otra, resulta forzada. Cuando un programa tiene tantos protagonistas en el campo del humor, el director no puede ser uno más: está obligado a reprimirse. Por la índole del nuevo director no será fácil eludir su proclividad de entrar en la guachafita, pero está llamado a hacerlo porque la información y el balance en La Luciérnaga son primordiales.

         La tarea del nuevo director y de quienes han llegado o siguen en La Luciérnaga (estupenda, por sobria, la presencia de Paulo Laserna; necesaria, por densa, la participación de Claudia Morales; importante, por la información fluida que da, Pascual Gaviria aunque le sobra festividad), la tarea no es reemplazar a Peláez, sino mantener La Luciérnaga que es una mezcla muy fina de todos los formatos radiales posibles. Son dosis muy precisas de humor, de información, de dramaturgia, de realidad, de carcajada, de editorial, de ficción, de música, de chabacanería, de intelectualidad. Un reto. Un reto que está en las mejores manos posibles.

 

 

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