Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | Para qué los libros
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Para qué los libros

Héctor Rincón

Para qué los libros

Desde luego que no estoy entonando una melancólica y brutóloga canción de carrilera antioqueña que así se llamaba y que proclamaba la victoria de la ignorancia como el principio y el fin de todas las cosas e invitaba a desdeñar el libro porque se aprende mucho más en la famosa universidad de la vida.

No es eso. Aquella canción lamentable no sólo por lo que decía sino por su precariedad musical, es apenas un recuerdo borroso oído en alguna cantina de borrachos cerveceros y la uso ahora por el apogeo del libro con su Feria anual y porque, de veras, me he preguntado desde hace años para qué los libros.

No se si deba explicarme diciendo que tengo muchos y leo muchos sin que me quepa ningún título ni de experto ni de crítico ni de intelectual. Nada. Leo, como todos ustedes, arrebatado a veces, despacio a veces; a veces me devuelvo, a veces vuelvo a comenzar de inmediato el que acabo de terminar porque me pareció demasiado corta tanta belleza. Y así.

Claro que desde siempre he acudido al derecho que nos asiste de renunciar de manera inapelable a cualquier lectura. Basta que no descifre rápido un para dónde; que me insulte el lugar común o me hiera una frase rudimentaria para, plas, cerrar el libro así sea del mismo Coetzee y su Diario de un mal año como me ocurrió hace poco.

Desde hace toda la vida he comprado libros por tenerlos. No por la urgencia de leerlos porque siempre hay una tanda de espera, sino por tenerlos. Porque me seduce el título, por el formato, por la caja tipográfica, porque de pronto después ya no se consigue, porque me da la gana. Con algunas de esas compras pienso que ya llegará el momento de leerlo, y a veces llega esa hora como llegó anoche que tenía un hueco de tiempo y de libro y me encontré con Un viejo que leía novelas de amor, del chileno Luis Sepúlveda. Este bello, este estremecedor relato llevaba en el anaquel trece años, trece años, según constaté por un recibo que estaba entre sus páginas expedido por una librería de Medellín que ya no existe.

Así que los libros son para eso: para su hallazgo en el momento menos pensado, para volver a lo leído como hay que volver y volver. Para saber que tengo a Yourcenar, que tengo a Barba, que tengo a Amado, que tengo y que tengo una cantidad de extraordinarios libros que quiero que me acompañen siempre, que estén ahí siempre, que nadie los toque nunca, pero ¿los otros?; los libros que he leído y que se que nunca voy a volver a leer; los libros que he comprado y que no he leído y que se que nunca voy a leer; esos libros ¿qué?, esos libros ¿para qué?; esos libros no merecen la suerte del abandono ni la condena a formar parte de una absurda decoración académica.

A ese arrume de libros me refiero con la pregunta de para qué. Una pregunta que he resuelto: para ponerlos a circular. Para prestarlos, para regalarlos, para que iluminen en otras manos, en otros ámbitos. Y no me estoy refiriendo a esos libracos, que también hay en las bibliotecas y que hay muchos, llegados dizque por cortesías o por compromisos o por equivocación. Libros inabordables hasta para un preso, hasta para un secuestrado, que son un insulto a la literatura y una bofetada a la fantasía. Esos libros bótalos. No los regales porque lo que harán si los pones a circular es espantar lectores, tan esquivos que son.

Una campaña personal que debería emprenderse es dividir la biblioteca entre libros imprescindibles que son los que quieres que viajen en tu ataúd. Y los muy buenos o simplemente buenos, que los disfrutaste pero que sabes que no te alcanzará la vida para volver a ellos. Esos son los que hay que entregar a las bibliotecas de barrio, a las escuelas, a los centros culturales en donde hay personas ávidas de leer pero a los que suelen llegarles esos ladrillos indigestos con formato de libros que simplemente aporrean y sepultan al lector que pudo haber nacido con ellos.

Revista Cambio, agosto 2009

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