Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | Los indolentes
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Los indolentes

Héctor Rincón

Los indolentes

  El vicepresidente es, por ignorancia y por soberbia, inconmovible ante la naturaleza. Lo ha demostrado. Lo está demostrando. Y el Min-ambiente, un bobazo que se lamenta cuando meten un gol a su favor  

Puesto a escoger cuáles gobernantes son quienes más que otros nos condenan a un futuro aciago, me decidiré por los indolentes. Son más dañinos que los puesteros, que los ineptos, que los arbitrarios, aunque por sus adentros corran los venenos de los que están hechos todos estos. Son peores que los corruptos (porque también suelen serlo), que los arribistas y que los soberbios porque es ella, la soberbia, su materia prima esencial para despreciar a todos y a todo.

 Los indolentes son incapaces de entender al otro y de captar la importancia de lo otro, de eso que no sea estrictamente lo suyo. Aunque se camuflen de humildes servidores de lo público la ambición los delata porque nada más que de ambición de poder se nutren, se engordan y se envecejen. Fíjense, por ejemplo, en Germán Vargas Lleras. Le queda imposible disimular el ansia de poder que guía cada uno de sus pasos. Es de los que, por razones del azar de una saga a la que reclama pertenecer, cree que el poder le es inherente. Y, quizá por esas mismas razones, es imperturbable ante todo aquello que no le signifique una retribución tangible a su propósito de llegar a mandarnos a todos.

  La faz más temible de Vargas Lleras, para mi, es su me-importa-cinco el medio ambiente. No le duele un árbol. No le conmueve un estero. No sabe que es un manglar ni en qué consiste una ciénaga. No sabe ni le interesan los páramos ni los arroyos ni los ojos de agua ni los humedales. Cree que la naturaleza está ahí para usarla en beneficio de las chequeras que son las que dan plata que son las que dan empleo que son los que dan votos que son los que me llevarán a la Presidencia. En ese sentido es un político pre-moderno porque va en contravía de la tendencia contemporánea: en el mundo se impone la certeza de que el planeta será verde o no será, y de que países como Colombia, reorientados en su desarrollo hacia el aprovechamiento inteligente de sus recursos naturales, son los países del ahora. Dije inteligente.

  Vargas Lleras hará coro, con todo el gobierno Santos, que no es así. Está tratando de sofocar la andanada que ha recibido por su vía libre a seguir menoscabando ríos, entre ellos el prismacolor Caño Cristales, con esa licencia ambiental que ha conseguido enfadar al mundo más sensible a quien le parece con razón peor la destrucción de un recurso natural que la violencia que solemos producir como noticias. Pero menos de una semana antes de este desvarío de los 15 pozos petroleros en la cuenca de aquellos ríos nobles, el vicepresidente de la república había lanzado agravios a Parques Nacionales y lo había calificado de obstáculo para el desarrollo. Lo dijo cuando una decisión que sigue pendiente le contrarió: que no haya avanzado como quiere la doble calzada entre Santa Marta y Barranquilla.

  La historia de esta carie nacional tiene medio siglo. Hace todo eso se tendió por allí una carretera que cortó la relación entre el mar y la ciénaga. Un crimen que acabó con treinta mil hectáreas de manglares y que dejó sin el sustento a doce mil familias de la Ciénaga de Santa Marta y del Parque de la Isla de Salamanca que vivían de la riqueza pesquera que genera esa relación natural. Podías verlo al paso: aquel edén fue convertido en un horizonte de pantano y de despojos de lo que fueron mangles, cañaguates, ceibas bongas, caracolís, macondos…

  Por sus propios ímpetus, la naturaleza ha ido recuperando vida aunque se le hayan incumplido planes y metas y promesas para remediar el desastre del crimen de hace 50 años. Y ahora, con su poder central e ignorante del tema, Vargas Lleras presiona para revictimizar esa zona del litoral. Otra vez se planean 64 kilómetros de carretera y a ello se oponen, con sus vocecitas persistentes ante el vozarrón autoritario e indolente del vicepresidente, instituciones científicas y las gobernaciones de Atlántico y Magdalena.

  Inconmovibles ante el prodigio de la vegetación que tenemos y, ante todo, miopes para entender que el futuro que busca el mundo lo tiene Colombia en el presente con su patrimonio natural tan exuberante a pesar de la negligencia y la avaricia, en los gobernantes de turno no hay aliados. Ni los hubo en el pasado que hizo una piñata de entrega de licencias mineras. No se puede contar tampoco con el Ministro de Medio Ambiente, un bobazo de categoría que hace lo que le digan y que traspasó una línea inimaginable: la de tomar como derrota la sentencia de la Corte Constitucional de poner en entredicho esas licencias mineras para hacer prevalecer el derecho al medio ambiente sano. Otro ministro, en otro país, hubiera hecho fiesta ante semejante espaldarazo. El de aquí se lamentó.

  Con lo que se puede contar es con la cada vez más profunda conciencia de la gente sobre la naturaleza. Dolientes de ella, de su deterioro, somos todos. Y vigilantes nos hemos vuelto la mayoría como ha quedado constancia en lo que sucede cuando algún depredador con poder anuncia sus intenciones. Crece esa audiencia.  

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