Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | La guerra del agua
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La guerra del agua

Héctor Rincón

La guerra del agua

         Tanto oímos que la próxima guerra sería por el agua que se volvió una frase paisajística, un augurio amenazante tan lejano como la posibilidad del colapso por un meteorito; una guerra de la cual los colombianos nos creíamos aún más a salvo que el mundo porque con ésta riqueza hídrica, con estos ríos tumultuosos, qué nos iba a pasar. Nada.

         Pero esa guerra nos llegó. La sequía no ha venido de los cielos sino de la tierra misma en donde la avaricia de un puñado de colombianos, impunes por la incapacidad de muchos gobiernos, ha vuelto el agua un negocio por el cual han llegado a decretar sed a millares de ciudadanos impotentes ante esta otra guerra de fortuna.

         Lo que sucedió en el Casanare hace algunos meses está claro que no fue un designio divino. Es la consecuencia de la muerte sentenciada a los inmensos humedales de la región por ganaderos y agricultores: se estima que son cerca de mil los caños que cavaron estos nuevos criminales para evacuar las aguas y volver potreros aquellas tierras.

         Y lo de Santa Marta es igual: ganaderos y agricultores, quizás algunos de ellos incluso favorecidos por aquellos regalos del Agro Ingreso Seguro, que para regar sus potreros y garantizarse su utilidad, han tendido redes de mangueras en las aguas del río Manzanares para quedarse con ellas antes de que lleguen a la ciudad.

         Para escapar al juicio latente de la ausencia de vigilancia y de fortaleza para poner sanciones, el gobierno ha encontrado, como casi siempre en cada tragedia, el sofisma: que estamos viviendo un verano atípico; que el cambio climático nos ha golpeado más que a todos los demás; que el fenómeno del niño se dejó venir. Y así. Con pretextos como esos se camufla el meollo que es la captura del agua como un botín de la guerra con la que unos pocos han resuelto imponerse sobre poblaciones enteras.

         Lo que sigue, lo que ha seguido, es lo de siempre: plata. Billones se anuncian para calmar la sed. Billones que, en el caso de la Guajira, volverán a lanzarse a un pozo, uno de los tantos que se han hecho a medias y abandonados por completo, con jugadas de expertos en volver plata de bolsillo propio los dineros del Estado.

 

Noticias de madrugada

         Por fortuna para la industria radial colombiana, la ebullición cibernética ha acudido en su apoyo para hacerla múltiple al adentrarse en terrenos de otros medios de comunicación a los que no hubiera tenido acceso, y con esa puerta que se le abrió ha conseguido eludir una cierta sequía creativa.

         Estoy diciendo que la radio ha salido favorecida más que ningún otro medio por la explosión de la Internet. Al hacer uso del ciberespacio, la radiodifusión, la de Colombia y la de todo el mundo, se ha vuelto multimediática: ha pasado de ser sólo oída, a ser leída en sus páginas web e, incluso, a ser vista a través de los videos que pueden poner al alcance de sus usuarios que ya no son solamente oyentes.

         Y estoy diciendo también que con el uso de la urdimbre informática, la radio colombiana ha encubierto la ausencia casi total de nuevas propuestas, tal vez conforme con el éxito consolidado de veteranos formatos o quizás temerosa de que los cambios en esos formatos o en la parrilla de programación ponga en riesgo una audiencia habituada y acaso estancada.

         Eso digo. Pero voy a decir también que por las horas en que sale al aire muchos se están perdiendo de un espacio radial delicioso, fresco, entretenido y que se hace con el placer de que los oyentes queden de verdad enterados porque se le contribuye al entendimiento con del uso de los contextos. Hablo del programa de WRadio que arranca a las dos de la mañana (sí, a las 2am) y va hasta las cinco de la mañana y con el cual los insomnes sin remedio o los madrugadores deseosos, llenamos con gusto esas horas en apariencia tétricas.

         Se trata de una vuelta al mundo global y de ahí a la región en particular; de lo más remoto y fascinante a lo más cotidiano y masticado; del alfiler al elefante, le oí definir a Rafael Manzano, el conductor e ideólogo de esta franja, un radiodifusor magnífico que suele atropellar las palabras pero posee tanta información, y hace tan buen empleo de la analogía y de la metáfora, que muchas veces se acerca a la poesía.

         Suelo felicitarme por la utilidad que le doy, a veces a mi insomnio, a veces a mis madrugones, por ser oyente de este programa lúcido, bien trabajado y con un grupo de periodistas excelente.

 

Bogotá obscena

         Manejada a los bandazos y sujeta al saqueo, a Bogotá la han degradado ahora a la vulgaridad con medidas que huelen a ceniceros y a orines y a tufo de alcohol barato.

         No me ha quedado claro el origen de ampliar la borrachera hasta la aurora después de haber condenado a la ciudad a una sobriedad dictatorial en aquellos momentos mundialistas en que todos merecíamos un brindis. Se pasó de la prohibición islámica a la permisividad procaz y a la opinión la parquearon en la discusión ebria de si con parranda se puede combatir la criminalidad, que es lo mismo que apagar un incendio con gasolina.

         El gobierno de Bogotá, quizás usando el escudo de su esencia populachera, bautizó su pretendida idea liberadora con el ramplón nombre de rumba extendida. De la Bogotá humana a la Bogotá obscena.

 

Reivindicación de Tumaco

         Es lamentable que el estereotipo salga airoso casi siempre y por esa vía hemos eternizado la idea de que fulanito tal o fulanita de cual es extraordinariamente inteligente o brutalmente torpe y también hemos (he) vivido con la noción de que ciertas poblaciones son nada más que morideros con alcalde.

         or ejemplo, Tumaco. En mi imaginario construido de pantano y zancudos, Tumaco era otro punto ardiente de la desamparada geografía del Pacífico de Colombia. Jején al atardecer y por el día desempleo y niños de barriga al aire chutando un balón de flecos. De pronto un mapalé bailado por una negra sabrosa llena de dientes; de pronto un buen plato de pargo. Apenas eso. A duras penas eso.

         Fui a Tumaco por primera vez en esta vida que he llevado, abundante en pueblos y en ríos, y estuve a punto de pedir perdón a todo aquel lugareño amable y suave con quien estuve en un largo fin de semana reivindicativo. Me habían pasado los años engañándome con ese cliché y por su cuenta me había perdido de esta belleza de archipiélago en donde hacía un sol indulgente y soplaba una brisa de algodón.

         Tumaco es, de lejos, lo más amable y confortable del Pacífico. La circundan dos deltas portentosos (los de los ríos Patía y Mira), que le llenan esa superficie de caños y de esteros; de bocas de agua salobre por la que crecen como en ninguna parte los mangles rojos y los mangles blancos y donde abundan moluscos y se pescan corvinas y bravos y pargos.

         Mañana mismo volvería a esa perla negra en donde recogen las basuras con esmero y donde sirven un encocado de langosta como en ninguna otra parte. Una tierra martirizada por unas fuerzas del mal que amenazan en su periferia, pero en donde es posible la felicidad al encontrarse con su realidad hecha también de belleza y de alegría.

 

 

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