Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | La catástrofe que somos
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La catástrofe que somos

Héctor Rincón

La catástrofe que somos

Tal y como estaba previsto, la sequía del Casanare salió de las primeras páginas y las imágenes de desierto sahariano en el que fue convertido ese edén del piedemonte de la Orinoquia quedaron archivadas en los anaqueles porque a la actualidad efervescente llegó el ácido, señoras y señores, amables televidentes, con los buenos días queridos radioescuchas.

En Colombia estamos. Y por estarlo sentimos cómo los vientos de las noticias soplaron durante un momento por la indignación nacional causada por los chigüiros sedientos, por los chigüiros deshidratados, por los chiguiritos muertos. Y después del enojo se desató algo cercano a la ira por el desdén con que la ministro de medio ambiente asumió aquella devastación: con una ligereza supina y unas matemáticas indolentes: que apenas eran seis mil los animales muertos, que le bajaran el volumen al drama.

Eso fue todo. Eso fue todo porque lo que selló el asunto fue un debate en el Congreso que nada de nada y después llegó al protagonismo colombiano el ácido. Y ante tal expresión de salvajismo arrojada contra un lucero de treinta años, adiós Casanare con su tierra cuarteada y sus chigüiros agónicos, que son (Casanare y chigüiros) apenas dos manifestaciones de las catástrofes ambientales que los colombianos todos le hemos decretado al país.

Eso es lo que quiero decir. Lo farisaico que tiene la irritación nacional por el deterioro medioambiental por una región en particular, cuando el país entero es una calamidad que hemos admitido ya o que simplemente tratamos de evitar ver por la responsabilidad que a todos nos cabe. El río Bogotá es el ejemplo más central de deterioro, de catástrofe ecológica. Un cadáver de 380 kilómetros de los que se salvan algunos, los metros de su nacimiento por allá por Villapinzón, para después arrancar a recoger basuras y excrementos que lanzará al río Magdalena y lo contaminará de manera irremediable. O Medellín, tan inflada con sus aires primermundistas, que ha hecho lo que ha hecho con sus colinas superpobladas y con su río al que le cambió el curso para tratar de someterlo a sus ambiciones mercachifles y por eso el río, más poderoso que las registradoras, sigue dando brega un siglo después.

Y así. Cada región, cada ciudad, tiene un pecado mortal que ha cometido colectivamente o que ha visto cometer impunemente. Ahí tienes a Cartagena con sus olores putrefactos por haberle cortado la respiración a ciénagas como la de la Virgen y haber asesinado los humedales. Barranquilla ha dejado de mirar por doloroso el desastre de la Isla de Salamanca, un crimen que acabó con un santuario botánico y un refugio de avefauna mundial. No hablaré mucho de la vega del río Magdalena que a nombre de la romántica navegación con vapores exterminó millares y millares de hectáreas de bosques sin pensar en reforestación.

No hablaré mucho de eso (de eso que desidealiza la época) pero si contaré una experiencia dolorosa que me dice que hemos avanzado poco en la estimación que suscita el paisaje. He visto, como muchos de ustedes, quebradas y arroyos y ojos de agua en docenas de pueblos y veredas convertidos en basureros públicos que se suman a las montañas de escombros que se hacen en los entornos de esos lugares. En muchos. Pero he visto más: como ahora viajo despacio, atraído por los árboles y por las flores que veo en los bordes del camino o en los potreros de más allá, me detengo. Y voy caminando mientras pasan raudos los del afán.

Pues por alguna de esas largas carreteras del Caribe, por ejemplo en la que va de Santa Marta a Valledupar pasando por Fundación, Algarrobo y Aracataca y Caracolicito; y después devolviéndome por El Difícil, Zambrano y Plato para salir a San Jacinto y a Arajona y a Turbaco y finalmente a Cartagena, por todo esa Colombia, a borde de carretera, no encontré un espacio libre de basuras. De botellas de plástico, especialmente. Casi ni un metro en que no te halles una, seguro lanzada desde las ventanillas de los carros por colombianos que hacen de Colombia una catástrofe ambiental.

1Comentario
  • Irene
    Posted at 23:13h, 21 abril Responder

    Excelente … una verdad contada con los ojos de un hombre, que no sólo camina despacio, con los ojos de un hombre, que no le tiene miedo a la verdad . Gracias por recordarnos, que todos somos responsables, por acción o por omisión.

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