Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | El voto del miedo
630
post-template-default,single,single-post,postid-630,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,qode_grid_1300,qode_popup_menu_push_text_top,qode-theme-ver-10.0,wpb-js-composer js-comp-ver-4.12,vc_responsive
 

El voto del miedo

Héctor Rincón

El voto del miedo

         Que Juan Manuel Santos no necesitaba de propaganda negra para autodestruirse porque se bastaba ya que había resultado más mal candidato que presidente, fue lo que dije aquí mismo hace tres semanas cuando los vientos nauseabundos no habían soplado sobre la campaña electoral.

         Me retracto. No de lo segundo (que Santos es más mal candidato que presidente), de eso no. Firme. Me retracto de haber limitado mi ingenuidad a pensar que lo que en ese momento era propaganda negra no pasaría de allí, pero pasó y siguió derecho: de la propaganda negra se llegó a la guerra inmunda y hasta ahí si no: que a Santos lo derroten por mal presidente y pésimo candidato, vale. Que la propaganda negra le estuviera ayudando a su salto al abismo, así era. Pero la guerra infame desatada nos ha vuelto a dejar ver el rostro de ambición insaciable del ex presidente Uribe, titiritero sin hígados, capaz de cualquier tropelía, de cualquiera, para quitarse de encima la viudez de poder que lo carcome como un cáncer.

         Uribe es temible y no por lo que dicen sus huestes adoctrinadas, que recitan frases cada vez más altisonantes, desaforadas, saturadas con un fanatismo miedoso: que Uribe es temible para los corruptos y para los castrochavistas, y para los santosguevaristas y para los mermeladistas y todo ese palabrerío que memorizan tan fácil sus súbditos.

         Uribe produce miedo porque su codicia de poder no tocará nunca el fondo y ante esa necesidad enfermiza es capaz, ha sido capaz, será capaz, de seguir burlándose de la justicia cuando no le conviene.  Y de llevar a Colombia, como la está llevando, a un conflicto político de proporciones generalizadas y trágicas.

         No creo necesario, en esta rectificación que escribo, hacer un recuento de aquello que me hace ver a Uribe como un ciudadano peligroso por arbitrario. Un recuento que está muy presente entre quienes no hemos caído en sus falsas trampas dialécticas de salvador de la patria; un recuento para el que bastaría recorrer la historia de sus dos gobiernos vociferantes, de aquellos ocho años perdidos en odios, de esos dos cuatrenios en los que tuvo todo a su favor para de verdad cambiar el rumbo de Colombia y sólo consiguió crear un rebaño de seguidores incapaces de la democracia sin insultos.

         No es necesario. Pero me es urgente decir que desatada como se desató la guerra inmunda, que le ha puesto a Colombia un clima hostil como en el preámbulo de La Violencia, como lo analiza en reciente entrevista en la revista Semana el profesor francés Daniel Pecault, al desmadrarse esa guerra, solo hay un camino: escoger a quién creerle.

         Yo ya escogí. Ante el aluvión de denuncias y de contradicciones; de incoherencias, de sordomudez de Zuluaga, de pruebas falsas, de odios cocinándose, tengo Clara mi decisión para la primera vuelta (y ¿por qué no para la segunda?), y llegado el momento de un cabeza a cabeza entre los dos que hablan las encuestas, preferiré la mesura y la vocación pacifista de Santos, con toda y su floja gestión, al alma incendiaria y al corazón en llamas del señor Uribe.

Sin Comentarios

Publicar un Comentario