Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | El (otro) divino tesoro
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El (otro) divino tesoro

Héctor Rincón

El (otro) divino tesoro

En el mundo crece la vejez y en Colombia también. Pero no de decrepitud y
de achaques está hecha esta franja de población que va por la vida desquitándose.

Hace rato recibí una llamada telefónica con una de esas invitaciones que siempre agradezco porque siempre hay que agradecer que tu nombre esté por ahí dando vueltas en ideas estimulantes. Con una voz temerosa atenuada con palabras amables que usaba también para dar rodeos, el coordinador de una revista colombiana muy producida me propuso escribir un testimonio sobre qué se siente –cómo te dijera– llegar a cierta edad, es decir a una edad como la tuya, ehhh… y ya pues… ver que ya no pues no hay tanta energía, no, energía no, tantas ganas de salir… de… tu me entiendes… Es que nos imaginamos que tú escribirías una crónica deliciosa sobre eso… sobre lo que significan los años y todo eso.

            Le entendí, claro. Soy buen entendedor y para sacarlo de aprietos le añadí que lo que imaginaba que querían leer también era cómo amainaba la lujuria y cómo crecía la pereza; si se sufría la prohibición de la gula o se padecía el recrudecimiento de la soberbia y si se habían sobrepasado la ira y la avaricia. Entendía bien, pues, pero no pude aceptar el amable encargo porque el tiempo no me daba y el tiempo no me daba porque estaba entregado en esos tiempos a momentos que contradecían todo aquello que él imaginaba era mi universo de privaciones por la edad que disfruto.

            Es que la llamada telefónica me había sacado de una combinación de modorra y asombro: estaba mirando el atardecer sobre el mar Adriático desde el balcón del hotel en donde me alojaba en Dubrovnik, en la costa sur de Croacia. Tal vez me había empecinado en el almuerzo en vinos y en cordero, pero no era indisposición ni era nada sino una explosión de dicha que cargaba conmigo (¿o era yo el que cargaba con ella?) en aquel viaje por los Balcanes que había comenzado hacía una semana en Sarajevo.

            Lo que estoy contando lo estoy contando no por exhibicionismo turístico (entonces no me extenderé por eso en narrar el palacio que Diocleciano, el único Emperador romano que cansado de guerras resolvió jubilarse, se construyó en Split; no describiré la magnificencia de los lagos de Plitvice; no pasaré por el puente de Mostar en Hercegovina; no diré de la aristocracia decadente de Zagrev; nada más diré), si lo estoy contando es por la coincidencia de aquel imaginario del declive con la realidad de millones de personas que saben que hay vida después de los sesenta, así el culto desmesurado por la juventud lo ignore. O lo desdeñe, embriagados por el fulgor pirotécnico de los insulsos Maluma a quienes construyen altares de gomina, y la plaga de youtoubers los pretenda relegar a museos de arqueología.

            Y lo estoy contando también porque acaba de conocerse un estudio –muy probablemente el primero en Colombia– sobre cómo está envejeciendo el país. Un foro, organizado por la Universidad Eafit, oyó las conclusiones de Misión Colombia Envejece, para lo que se aliaron la Fundación Saldarriaga Concha y Fedesarrollo. Estadísticas gruesas: en Colombia hay 5,2 millones de personas mayores de 60 años (10.8 por ciento del total de colombianos) y se estima que para 2050 habrá 14,1 millones, que representará el 23 por ciento de la población total. Contra los pregoneros del apocalipsis, los impermeables a la certeza de que todo tiempo pasado fue peor, va esta estadística: en 1955 la expectativa de vida era de 55.6 años, ahora es de 74 años.

            Esto no es el resultado de una política de Estado que haya considerado a la edad adulta como merecedora de atención por la respetabilidad a la que convocan los años. No es eso: el programa Colombia Mayor, que lidera el gobierno, dedica a estas edades el 0,14 por ciento del Producto Interno Bruto, cuando los vecinos latinoamericanos destinan en promedio el 0,4 por ciento.

            El aumento en la expectativa de vida, ha supuesto una inversión de la pirámide poblacional, se dijo en el Foro del que hablo. Y se dieron datos muy recientes de lo que, por ejemplo, ha pasado en Medellín, ciudad en donde están muriendo más personas de las que nacen. Y por eso aquel rango de habitantes entre los 20 y los 29 años, que siempre era mayoritario sin dependes, ahora es muy similar a los que tienen entre 45 y 54 años. Es decir, la ciudad de la primavera marcha hacia el otoño poblacional.

            El asunto es que el envejecimiento colombiano es una realidad de la que nadie parece percatarse, quizás, –y con razón–, no sólo por el himno a la alegría con la que suele perpetuarse el axioma de la juventud divino tesoro, já, sino porque vivimos devastados por la niñez que agoniza en tantas rancherías y por el infame robo de los alimentos en guaderías y escuelas.

            Por eso y porque Colombia siempre va en contravía de la tendencias mundiales, lo que llamamos la tercera edad es aquí apenas una frase que intenta describir una franja de habitantes. Y ahora es también un estudio que cuenta cifras y da algunas luces de lo que en realidad somos. Pero no es, como en el resto del mundo, una oportunidad de mercado, para decirlo en términos comerciales.

           Ante el inexorable poblamiento de gente mayor, una buena parte de ella pensionada, saludable y con dinero para darse gusto, el mundo hace negocio. A ellos está dirigido el interés de los promotores de turismo y de recreación. Los habrás visto: son muchos más que los mochileros aunque menos aparatosos, claro. Más dóciles, quizás más exquisitos, sin dudas más opulentos, en suma mejores clientes.

            Algunos países los han convertido en plan de desarrollo, por así llamarlo. El último caso que supe es el de Panamá, que abre los brazos todo lo que puede para que los veteranos con ingresos estables de mil dólares al mes vayan a vivir allí. Les ofrecen visa sin obstáculos con el propósito obvio de ayudarles a gastar su dinero e intentan así seducir a quienes son tantos que oigan esta cifra que me dejó pasmado: en Estados Unidos cada día se jubilan diez mil personas.

            Y no todas esas diez mil personas ni todos los millones más que van sobrepasando los sesenta años, andan por ahí envueltos en la melancolía, mascullando amarguras, rememorando edades de oro. Qué va. Se están desatrasando del tiempo invertido en aquella maratón laboral que si quiera llegó a su fin. Disfrutando del tesoro que han encontrado al término de la fatigante historia de trabajo. Y van por la vida a otros ritmos, sin afanes, con tiempo para mirar la niebla en los bosques, para leer despacio, para de verdad entender el mundo.

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