Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | Escaparate
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Héctor Rincón

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Notas varias sobre la pesadilla del mercurio; el periodismo sin fuentes en el caso de León Valencia; la profunda reaparición de Paul Auster; el efecto Trump en la caída del turismo en Estados Unidos

Wade Davis está pasando de la esperanza a la alarma en estos días. Wade Davis es el etnobotánico y antropólogo canadiense que tiene puesto sobre Colombia su corazón desde hace añísimos. Desde cuando vino a Cali como estudiante de colegio a un intercambio. Después, siguió y siguió: exploró al país a comienzos de los años setenta en busca de su botánica y tras perseguir las huellas de su maestro Richard Evans Shultes por el Amazonas surgió El Río, aquel libro que ya es un clásico y que debe ser leído para entender tantas cosas.

Dije que Wade Davis está pasando de la esperanza a la alarma. Lo se porque tengo la fortuna de ser uno de los editores de un libro sobre el río Magdalena que está escribiendo y que estará listo hacia marzo del año próximo. En cinco recorridos por el río, desde su alta cuenca en la laguna de la Magdalena en el Páramo de las Papas, hasta abajo muy abajo en Bocas de Ceniza, Wade ha encontrado motivos de aliento para creer que el Magdalena, que vertebró a Colombia, la puede unir si el país se propone su recuperación.

En eso sigue creyendo, pero anoche me contaba en un correo su desazón suprema: supo que el consumo de mercurio en Colombia llegó el año pasado a las doscientas toneladas. Que somos el subcampeón mundial en ello, detrás de China que usa cuatrocientas toneladas. Una diferencia muy estrecha frente a una brecha enorme: 45 millones de habitantes Colombia, 1.300 millones de habitantes China. Estamos envenenando el país. Nos estamos envenenando los que vivimos en él.

 

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El retiro ­–o la salida, o el despido– de León Valencia como columnista de la revista Semana, ha conseguido alimentar las conjeturas que es una de las pasiones más profundas de los colombianos. Especulaciones de todo calibre se han hecho, casi todas en ese nivel de susurros con el que suelen expresarse los chismes y ya verás tú que crédito le das.

Porque me gusta Valencia y admiro su lucidez y valoro mucho su aporte de ex combatiente, me dejé seducir por una nota del portal Las Dos Orillas, cuyo periodismo se reconoce por su economía de seriedad y su rigor precario. En una nota larga sobre el retiro de León Valencia recoge todas las conjeturas de cafetín sin citar una sola fuente informativa. Nadie responde por ninguna de las posibilidades que menciona sobre los por qué del retiro de León Valencia, pero vende barata la versión de que los empresarios antioqueños fueron los que pidieron la cabeza. Así no más: los empresarios. Ni un nombre propio. Ni el de una organización. Nada de nada.

Nada rara esta generalización facilista y otras tantas (que fue por plata; que era piedra en el zapato del establecimiento; que de todos los columnistas era el hilo más débil), nada rara en ese medio tan austero en seriedad. Raro, sí, y lamentable, que se hubiera tomado tal decisión sobre León Valencia en tiempos como este, cuando en pleno posconflicto se requieren muestras concretas de que es posible la reintegración y de bienvenidas a quienes estaban al otro lado de las trincheras.

 

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Después de siete años sin publicar nada y sin decir casi nada en público, Paul Auster ha regresado. Su nuevo libro tiene un título que intriga: 4 3 2 1. Ya la tengo pero no he leído ninguna de sus 957 prometedoras páginas, en las que, según reseñas, Auster le da al azar la dimensión protagónica que desde siempre ha estado en su extensa obra. Ese plato se encuentra servido en mi mesa de noche y lo he ido abordando a través de alguna entrevista que concedió el escritor estadounidense. Ha hablado sobre lo impredecible, ha vuelto a decir que desde una experiencia de niño sabe que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento y ha dicho que a la vejez, que le era asunto distante, le ha llegado la hora de entrar en sus pensamientos. Normal en un hombre que acaba de alcanzar la cúspide de los setenta años.

            Auster, en esa entrevista, dice que la muerte súbita que le obsesionó desde niño ha dejado de ser un fantasma, y acude a la poesía, como siempre, para hablar de la vejez que ahora tiene tan presente. Entonces cita un verso de George Oppen sobre la vejez: “Qué extraño que a un niño le pase una cosa así”.

 

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Encuentro en una información de The New York Times la confirmación de una sospecha: muchas personas, miles de miles, han dejado de viajar a Estados Unidos en los últimos meses. La cifra exacta es de 677.791 visitantes menos en el primer trimestre de este año, la mayor parte de ellos de países europeos. Aunque en el volumen total esa deserción puede no resultar muy tajante (un 4.2 por ciento del total de los viajeros que se esperaban), en términos de dinero, que es el principal interés de quien ahora manda en la Casa Blanca, el asunto tiene otro peso: 2.700 millones de dólares dejaron de entrar en esos tres meses a Estados Unidos.

            Aunque el NYT en el artículo que menciono –y las fuentes informativas que cita– se cuidan de no especular sobre las razones de esta disminución, permiten llegar a la conclusión de que Trump con sus alaridos antiinmigratorios, con sus bandazos a los berridos y, en fin, con esa manera de gobernar tan disparatada, ha logrado espantar a muchos ciudadanos del mundo a quienes simplemente les da pereza ir a mirar de cerca el infierno de ser manejados por un payaso. Por un mal payaso.

Hay otros datos que confirman la hipótesis de que es Trump el responsable de la No Usa Visa: tras la reelección de Obama, en 2013, el turismo internacional hacia ese país aumentó en un 6,4 por ciento. Y hay encuestas hechas en 37 países que hablan claro: en la época Obama el 64 por ciento tenía una imagen favorable de los Estados Unidos. En estos tiempos de charlatanería y altanería, ese porcentaje ha caído al 49.

Pero –diría yo– es cuestión de aguantar que Trump se posesione más como lo que es. Cada tuit, cada discurso, lo aleja de la idea que se tiene de lo que debe ser un presidente y lo acerca más a lo que es un actor circense. De pronto aumenten los turistas que quieran conocer este nuevo ícono cómico que cada vez se me parece más al Guasón.

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