Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | Crímenes silenciosos
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Crímenes silenciosos

Héctor Rincón

Crímenes silenciosos

Hace nada el presidente Santos frunció el ceño y puso voz firme por un momento para parecer vehemente y soltó unas cifras aterradoras de lo que sucede Colombia adentro no en asaltos, no en atracos, no en explosiones de bombas ni en desfalcos multimillonarios, sino en la impotencia de los bosques donde se devasta el patrimonio de todos.

De llorar. Mal contadas, de la Colombia vegetal se arrasan 238 mil hectáreas cada año, lo que equivale a una superficie similar al departamento del Atlántico. Cada año. En los últimos 20 años, al manto de la tierra le han despojado de seis millones de hectáreas de bosques, que es el 10% de lo que somos en naturaleza viva.

Ante esa calamidad el país ni siquiera se detuvo, obstinado en el desangre o en la farándula; y, ante semejante hecatombe, se anunció un esfuerzo para reforestar si acaso 280 hectáreas, pero no se dijo de una estrategia que impida la continuación de esta práctica que nos está llevando a perder irremediablemente lo que mejor tenemos. O teníamos.

Esas estadísticas, recitadas en Bogotá como unas más de las de todos los días, no reflejan la desolación que te hiere ante estos crímenes silenciosos que se cometen sin tregua en casi todas partes del país. La sufrí en esos mismos momentos cuando me adentraba en un monte en Bolívar, por allá cerca al Canal del Dique, buscando una planta endémica en una expedición botánica que es la ciencia que más ocupa ahora mi quehacer periodístico.

Aquel monte era un santuario de bosque seco con sus prados florecidos de batatilla arropados por las sombras de las ceibas de leche de la cual los campesinos de entonces extraían líquidos para la pesca con barbasco. Había caimitos y guáimaros y ñames silvestres, del criollo, pero también dicen que se daba allí el ñame cabeza de caimán que es escaso. Y muchos arbustos de guandul, ese obsequio del Reino Vegetal a la nutrición. Bejucos contra, de los que prodigan con sus aguas y nutrientes las contras contra la mordedura de cascabel o de mapaná también había, y uno de los científicos me contó de la extraordinaria belleza de una flor montuna, de color púrpura, que no tiene nombre vulgar sino que es una Bignoniácea.

Había. En medio de ese bosque intocado había monos aulladores cuyas voces se oían desde lo lejos anunciando la existencia de una vegetación saludable, y ardillas rojas y zarigüeyas. Y osos hormigueros. En las aguas quietas se veían ranas arborícolas, icoteas y morocoyas y en a las copas de los caracolíes y de los ararás anidaban barranqueros y toches y oropéndolas.

Una riqueza vasta que fue descrita en páginas y páginas por apóstoles de la naturaleza y puesta en conocimiento de las autoridades con gritos de advertencia para su conservación. Eso fue hace años. Unos cuatro años y nadie se hizo cargo. Ni los muy cercanos –y directamente responsables como la Corporación Autónoma del Canal del Dique–, ni los lejanos mucho menos, instalados en Bogotá y que del departamento de Bolívar saben de Cartagena y de Cartagena saben de sus restaurantes y de sus bares.

A aquel cerro le pasó lo que a tantos y tantos que están metidos en las cifras de la deforestación. Algún ventajoso aprovechó influencias y dinero, mostró sus dientes afilados y sus cuchillos, y algún alcalde y algún notario le escrituró aquel templo de vida silvestre y se dio a la tarea de culturizarlo: consiguió campesinos desterrados y urgidos de desayuno, les puso a hacer roces del bosque, le metieron candela y todo aquello es ahora tierra arrasada.

Eso pasa. En este instante y en silencio, pasa. Impunemente pasa. Y seguirá pasando porque aquellas lejanías producen esa vida indispensable y exuberante, pero no producen votos que es lo que interesa a quienes tienen la obligación, a nombre de todos, de evitar la catástrofe.

Kienyke. Febrero 2011

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