Héctor Rincón - Periodista Colombiano - Periodismo Cultura y Literatura Colombiana | Al estilo de la mafia
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Al estilo de la mafia

Héctor Rincón

Al estilo de la mafia

La corrupción del narco comenzó cuando a
los capos les dio por meterse a la política; tal su capacidad de infección

Hace muchos años, cuando la mafia del narco ya había arruinado todo o casi, se hizo una frase que parecía un chiste: que el error principal de los capos, Escobar el primero entre ellos, era haber entrado a la política porque la política los había corrompido.

Parecía un chiste. Parecía. Los narcos pasaron, los fundadores, pero los políticos quedaron con sus mañas de siempre, y a ellas agregaron la envidia por haber visto brillar ante sus ojos los dinerales con los que sus fugaces colegas llenaban maletines. De aquel espejismo se les recrudeció la codicia que les condujo a esta corrupción grosera con la cual saquean los dineros públicos. Agréguenle el aprendizaje en la defensa a sangre y fuego de sus posiciones de poder y la manipulación de la ciudadanía a punta de discursos mentirosos y calumnias sistemáticas, y ahí tienes un resultado: más mal le ha hecho a Colombia esta clase de políticos con carácter mafioso que los mismos narcos.

Aquellos iban de clandestinos, los publicaban en carteles de Se busca y por sus cabezas ofrecían recompensas y la justicia les iba sumando cada día delitos. Estos de ahora van de salvadores de la patria, se saben inmunes, su estrategia fácil es enardecer a unos endebles fanáticos (emberracarlos, dicen en su lenguaje de caballistas), y ensuciar todo aquello que no esté en sus manos porque les conviene el caos y viven del pavor que hacen sentir con sus invenciones. Han sido capaces de las peores tácticas electoreras y serán capaces de muchas más en cuanto vean que el poder se les aleja porque sienten que les pertenece. Que no tenerlo es por trampa. No admiten disidencias conceptuales. Hay que acallarlas. Con cintas aislantes o con lo que puedas, hijita.

Además de embustes e insultos, inventan estadísticas para vender catástrofes. Se hizo célebre por alevosa una intervención que el agorero principal de esta política del miedo y la mentira hizo en Grecia. Allí presentó a Colombia como un país inviable. Lo he recordado al leer y oír a muchos señores serios y juiciosos que hablan de economía sin pasiones políticas, sin afán de los próximos votos y sin corazones deshonestos. La realidad es muy otra.        No estamos en el paraíso, pero avanzamos. No al ritmo ideal para tanta urgencia, pero avanzamos. Y se avanzaría más si al necesario optimismo que requiere la economía no lo frustraran con el sistemático saboteo a través de proclamas apocalípticas.

Decía recientemente Alejandro Gaviria que destruir la confianza pública en busca de un interés privado o personal, es una forma de corrupción. Desde luego. Y no solo de corrupción –añadía, añado– sino de terrorismo. Mucho de lo que hace esta clase política tan cercana en sus procedimientos al carácter de la mafia, es terrorismo. Y lo hacen de manera impune, pagados con los impuestos, aclamados por sus huestes y vaya uno a saber si esa complicidad que manifiestan sus secuaces en el Congreso es por convicción o por ese miedo que le suelen tener a los capos, como se ha visto en los largos momentos de estos días cuando le han dado puñaladas sin piedad al acuerdo de paz.

 

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